lunes, 24 de mayo de 2010

DESEO CARNAL

Ya había pasado la época de Kafka y Bradbury, ya se había superado la primera y segunda guerra mundial y estaba acabando la tercera. Ya no se hablaba de Mac Luhan y su teoría de los medios de comunicación, pues ya se había demostrado que era cierto. Blade Runner estaba más cerca a la realidad y, así como hace años empezamos a pagar por el agua, estábamos próximos a pagar por el aire. Bagatela ya no es la misma ciudad que solía ser; los atardeceres se han vuelto más oscuros y el silencio penetra en el cerebro de cada uno de nosotros, recordándonos el constante miedo que hay de estar todos los días frente a la muerte.

Sinceramente no viví en el siglo pasado, soy de éste siglo, pero lo he estudiado mucho. Sé que los humanos empezaron a desafiar la naturaleza y a creerse todopoderosos. Sé que el odio gobernaba los corazones y el poder era el premio más sagrado. Sé que se fueron, poco a poco, acabando los recursos. Los animales ya no podían reproducirse entonces tuvieron que acudir a la ciencia. Sí, tuve la suerte de ver un documental sobre la industria alimentaria y ver cómo las gallinas se modificaban genéticamente. Vivieron en el capitalismo, como lo seguimos haciendo y una tal Cuba, el único movimiento comunista, finalmente, fue derrotada por las grandes potencias. Ahora todos somos iguales, todos estamos uniformados. La tercera guerra mundial (durante la cual yo nací) ha por fin terminado, duró 5 años y la verdad, no viene al caso saber porqué se desató. Lo importante es saber que finalmente, la destrucción que llevaban construyendo desde el siglo pasado, por fin ha llegado a su fin: todo está destruido.

Vivo en un apartamento y ya no hay trabajo, me ha tocado dejarlo todo. No tengo dinero para comprar agua y estoy ahorrando para cuando me toque comprar el aire. Pero, ha llegado un anuncio hoy a mi puerta Se busca todero para hotel. Favor comunicarse al 4765906. Buena paga, hospedaje incluido. Era una ganga. Estudié literatura y filosofía, no debería ser todero, pero en la despensa tengo solamente enlatados que es lo único que venden. La carne se ha acabado, los únicos que pueden comer carne son las personas adineradas y, la verdad, mataría por un pedazo de comida; de buena comida. En fin, he decidido coger las maletas, empacar lo poco que me queda e ir en busca del trabajo. Queda a 30 min en tren, así que me daré prisa.


He llegado a la estación, hace un frío del demonio, y estoy sentado esperando a que llegue el tren. Veo una mujer bonita, de pelo negro y sus ojos están envueltos en una tristeza infinita. Me quedo mirándola detenidamente y me doy cuenta que tiene un tatuaje en el brazo derecho. Parece un hada y ocupa todo su brazo derecho. Un poco varonil para mi gusto, pero si se ve toda la indumentaria, se entiende que hace parte de ella y combina a la perfección con su look. Llegó el tren, mi silla es la 48B, así que me montaré por la segunda entrada, ya he dejado las maletas.
He dormido todo el camino y por fin he llegado. Parece una historia de miedo, aunque más terrorífico que nuestra propia realidad, no puede existir nada. El hotel parece que se cayera cada vez que doy un paso a la puerta, las paredes están desteñidas, las ventanas son de madera desgastada y el letrero del hotel tiene una luz intermitente que hace que mis ojos me molesten. Debo tener cuidado, pues el otro martes debo ir a que me cambien la retina (la tenemos que cambiar cada 6 meses) para que no hayan replicantes. EN fin, timbro, y me abre un señor aproximadamente el doble de mi estatura, con una sonrisa que deja ver sus dientes negros y desgastados y con un abrazo como si me estuviera dando la bienvenida; es el carnicero del hotel y también el dueño de éste. Me hace subir, me muestra el hotel, las reparaciones que tendré que hacer en mi trabajo y, finalmente mi cuarto. Es acogedor; una cama, mesa de noche, closet y cinco botellones de agua. Me dice que los haga rendir, pues conseguirla esta difícil. Me ofrece unas galletas para el hambre y me da las buenas noches diciéndome que mañana será mi primer día. Ahora estoy acá, acostado con ansias de empezar. Por lo que pude notar, viven 6 personas acá pero aún no las he conocido.

Amanece, me alisto y el carnicero que me ha dicho que se llama Paul me presenta a los otros inquilinos: una pareja, una mujer, dos niños hijos de la pareja y la esposa del carnicero. Ninguno sonrió cuando me conocieron. Sólo la mujer. Empiezo mi trabajo hoy, reparando tejas, puertas, cortando el césped, yendo de aquí para allá. De repente, limpiando la cocina, noto un olor extraño, un olor que hace mucho no percibía. Sí, eso es, el olor a carne. La boca se me hace agua… sigo el olor con mi nariz y cuando más siento que me acerco, más se desarrollan mis papilas gustativas que empiezan a salivar en exceso, como los perros con rabia. Pero, cuando siento que por fin llegué a mi destino carnal, llega Paul, con el machete más grande que he visto y se interpone en mi camino al paraíso. Su actitud es nerviosa y me obliga a seguir con mi trabajo. Desilusionado vuelvo a mis tareas y no dejo de pensar en ese olor, subo por las escaleras a arreglar esa gotera que me ha sacado canas y se acerca la mujer. Se llama Camille, y me pone conversa. Nada interesante un “de dónde eres”, “qué haces”, “por qué estás acá” etc hasta que me dice que el todero pasado desapareció misteriosamente. Empiezo a crear historias de fantasmas en mi cabeza. Qué tal que lo hayan raptado los extraterrestres, que se haya muerto por la epidemia de ratas asesinas, que haya sido un informante de la tercera guerra, que tal que haya sido un espíritu en búsqueda de venganza…y así continué hasta la noche pero sin quitarme ese olor de encima. Decidí crear un plan para poder llegar a aquel manjar y al otro día lo llevaría a cabo. Me he tomado dos botellas de agua hasta el momento.

Segundo día en este hotel que parece caer con la noche, las paredes cada vez están más roídas por las ratas, la madera está siendo carcomida por las termitas y yo continúo tapando goteras que, donde tapo una, aparece otra. Es inútil, este hotel morirá en pedazos, poco a poco, día a día. Paul se acerca y me dice que me tiene una sorpresa. Me lleva al comedor, donde están los otros inquilinos, les hago un saludo de mano, a la mujer le sonrío y me siento y mis ojos se asombran de ver lo que hay ahí, los pelos se me erizan, las piernas empiezan a temblarme, empiezo a sudar, no lo podía creer; Un pedazo de carne como jamás lo había visto. Tendrían que haber matado tres vacas para poder servir aquella cena. El olor era penetrante, mi lengua recorría imaginariamente el pedazo de carne, probaba cada esquina, cada membrana, la sangre era bebida sagrada y por primera vez sentí, que en medio de esta realidad oscura y vacía, donde las tumbas toman protagonismo, existía el paraíso. Todos comimos, reímos, era como si la carne nos hiciera volver a vivir, pues todos estábamos muertos. Las emociones volvieron a ser parte de nosotros, la carne nos embriagaba de alegría y satisfacción. En medio de aquel éxtasis, escupí una pregunta que tornó las risas en silencio – ¿De dónde sacaron esta carne tan apetitosa?- el silencio ensordeció mis oídos y Paul, como dueño de la manada de cavernícolas y caníbales que estábamos en la mesa, hizo un ademán de “no preguntes”. A partir de ahí, la carne ya no sabía tan deliciosa como antes y mi cabeza empezó a encenderse en videos estúpidos. Se acabó la cena y me subo a mi habitación a dormir. Mañana visitaré aquel lugar donde olí por primera vez el paraíso de la carne.

Me levanta una gotera que cae justo encima de mi entre ceja. Me arreglo y me dispongo a arreglarla. Hoy me toca cortar el césped y limpiar las paredes. Lo hago, el día, oscuro como siempre, hace que sienta un sueño constante. La noche cae, el carnicero esta en carnicería, la mujer está haciéndose mujer y los otros inquilinos no los veo. Bajo a la cocina, donde estaba aquella vez, y esta vez, siento un calor que emana debajo de una puerta. Me asomo, con un poco de susto. Me aseguró que Paul no interfiera de nuevo en mi tarea y, entro despacio y ahí está otra vez, ese olor a carne. Mis papilas vuelven a convertirse en hormigas que con sus tenazas me pican como pidiéndome que me acerque más. Entro y, aunque mi barriga cruje como lobos enfurecidos, noto algo raro dentro del horno. El hambre ha empezado a tomar nuevamente posesión de mí, miro detenidamente y veo una mano en el horno. ¡Una mano! Aterrorizado por la figura humano que hierve dentro del horno, me tropiezo con Paul que está justo detrás de mío. Su tamaño, que dobla el mío, en este momento parece más omnipotente que nunca. Con una mueca, me indica que lo siga. Destapa un telón y veo los cuerpos de los otros inquilinos, adobados con cebolla, un poco de vino y sal; listos para ser preparados para un banquete de carne jugosa.

Si, el ser humano se dedicó a acabar con los recursos naturales de comida. Ellos perdieron la apuesta y tuvieron que entregar su cuerpo para alimentar a otros. En este momento, sólo me queda una botella de agua y acaban de anunciar que el aire cuesta cinco dólares; dura 4 días.


Bagatela

2 comentarios:

Daniel Balen dijo...

Voto por este.

Fabio Acevedo dijo...

Combina una jugosa experiencia sensorial con la crueldad y el absurdo. Aunque se excede un poco con las referencias intertextuales, es el cuento que más me gusta.

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