El decidió que nadie lo iba a bajar de aquel árbol. Se había subido por la mañana, temprano antes del amanecer. Era un urapan verde y frondoso con muchas ramas, las cuales empezaban a salir desde bien arriba y no era fácil treparlo. La mañana, oscura y fría como cualquiera en Bogotá, anunciaba un día de lluvia. Había llevado lonchera con medias nueve, onces, y fiambre para el almuerzo, no llevaba desayuno porque antes de salir de su casa se había tomado un café caliente con leche y queso.
No había sido fácil subir a la rama más alta del urapan, como era de esperarse. Pero Joaquín llevaba consigo una soga de la cual se ayudó para lograr su cometido, llevaba también un pequeño manto con el cual se cubrió del frío mientras se acomodaba en la rama. Lo había pensado hacer desde hacía mucho tiempo, y hoy por fin se decidió. No le importó faltar al trabajo sin avisar, no le importó la lluvia que las nubes anunciaban inminente, ni mucho menos le importó que el urapan estuviera sobre una de las avenidas más transitadas de la ciudad. Justo en el andén del medio, el que separaba las calles que iban en direcciones opuestas, justo en el andén del medio donde una hilera de urapanes se alzaban graciosamente sobre la ciudad.
Miro a través de las ramas a las personas que pasaban, todos caminaban con afán hacia alguna dirección desconocida, siguió con su mirada a varios de ellos; uno que graciosamente se arreglaba el cabello con un peine y intentaba al mismo tiempo cargar su maletín y llevar a su hijo de la mano, otro que trastabillaba a cada rato y se reía nerviosamente a cada tropiezo, y una última que le llamo la atención pues parecía un arcoíris, toda vestida de colores y con un ramo de flores en la mano. Así iban apareciendo desconocidos que se colaban por sus ojos y le mostraban entre la monotonía gris de la ciudad, chispas de colores e historias.
Luego apareció aquella extraña. Iba con un vestido verde que hacia juego con su urapan, llevaba una bolsa de la mano y una soga de la otra. Tranquilamente vio como (mientras empezaba a llover), ella se acercaba a su árbol, lanzaba una soga y empezaba a treparlo. Qué cosa más extraña, pensó. Y de hecho lo era, pues no todos los días un adulto ya de entrada edad subía un árbol para ver a la gente pasar y mucho menos dos adultos de entrada edad subían a un árbol a ver a la gente pasar. Sin embargo, él se hizo como si no pasara nada.
-Ah, hola,- dijo ella sonriente, con la naturalidad con la que se saluda al celador del edificio con quien uno se encuentra a diario.
-Hola- dijo él fingiendo la misma naturalidad.
-Qué rollo - dijo- casi no llego porque se me olvidaron las onces y el almuerzo, pero bueno, aquí estoy. ¿Llevas mucho tiempo esperándome?
– No mucho tiempo – dijo con una risa contenida – Igual no importa, no me he aburrido.
Joaquín la observo. No era muy linda, sus manos se veían bastante desgastadas, pero sus ojos brillaban con cada palabra, y se la veía feliz allí sentada sobre la rama. Ella le hablaba sobre viajes y sueños que no había cumplido aún. Joaquín le contó sobre su hermano, su mamá y su mejor amigo. Ella escuchó.
La tarde se coló entre las palabras y pronto el sol se puso sobre el horizonte. Ellos se habían olvidado de toda la ciudad que los rodeaba. Los despertó de aquel la llegada de la noche, ellos rieron como niños al ver como la ciudad se dormía y decidieron que era el momento de bajar del Urapan. Cogieron sus sogas, y con cuidado se posaron nuevamente sobre la tierra.
No había sido fácil subir a la rama más alta del urapan, como era de esperarse. Pero Joaquín llevaba consigo una soga de la cual se ayudó para lograr su cometido, llevaba también un pequeño manto con el cual se cubrió del frío mientras se acomodaba en la rama. Lo había pensado hacer desde hacía mucho tiempo, y hoy por fin se decidió. No le importó faltar al trabajo sin avisar, no le importó la lluvia que las nubes anunciaban inminente, ni mucho menos le importó que el urapan estuviera sobre una de las avenidas más transitadas de la ciudad. Justo en el andén del medio, el que separaba las calles que iban en direcciones opuestas, justo en el andén del medio donde una hilera de urapanes se alzaban graciosamente sobre la ciudad.
Miro a través de las ramas a las personas que pasaban, todos caminaban con afán hacia alguna dirección desconocida, siguió con su mirada a varios de ellos; uno que graciosamente se arreglaba el cabello con un peine y intentaba al mismo tiempo cargar su maletín y llevar a su hijo de la mano, otro que trastabillaba a cada rato y se reía nerviosamente a cada tropiezo, y una última que le llamo la atención pues parecía un arcoíris, toda vestida de colores y con un ramo de flores en la mano. Así iban apareciendo desconocidos que se colaban por sus ojos y le mostraban entre la monotonía gris de la ciudad, chispas de colores e historias.
Luego apareció aquella extraña. Iba con un vestido verde que hacia juego con su urapan, llevaba una bolsa de la mano y una soga de la otra. Tranquilamente vio como (mientras empezaba a llover), ella se acercaba a su árbol, lanzaba una soga y empezaba a treparlo. Qué cosa más extraña, pensó. Y de hecho lo era, pues no todos los días un adulto ya de entrada edad subía un árbol para ver a la gente pasar y mucho menos dos adultos de entrada edad subían a un árbol a ver a la gente pasar. Sin embargo, él se hizo como si no pasara nada.
-Ah, hola,- dijo ella sonriente, con la naturalidad con la que se saluda al celador del edificio con quien uno se encuentra a diario.
-Hola- dijo él fingiendo la misma naturalidad.
-Qué rollo - dijo- casi no llego porque se me olvidaron las onces y el almuerzo, pero bueno, aquí estoy. ¿Llevas mucho tiempo esperándome?
– No mucho tiempo – dijo con una risa contenida – Igual no importa, no me he aburrido.
Joaquín la observo. No era muy linda, sus manos se veían bastante desgastadas, pero sus ojos brillaban con cada palabra, y se la veía feliz allí sentada sobre la rama. Ella le hablaba sobre viajes y sueños que no había cumplido aún. Joaquín le contó sobre su hermano, su mamá y su mejor amigo. Ella escuchó.
La tarde se coló entre las palabras y pronto el sol se puso sobre el horizonte. Ellos se habían olvidado de toda la ciudad que los rodeaba. Los despertó de aquel la llegada de la noche, ellos rieron como niños al ver como la ciudad se dormía y decidieron que era el momento de bajar del Urapan. Cogieron sus sogas, y con cuidado se posaron nuevamente sobre la tierra.
¿Vamos?- dijo ella
Si, vamos – dijo él, sonriendo
AROA SALAZAR
8 comentarios:
muy buen cuento me gustó mucho voto por este. la descripción espacial es sensilla pero muy buena, certera, ademas lo deja a uno con una sonrisa en la cara. me encanta el personaje de la niña verde...
sencilla que pena
Mi voto es por este cuento. Pienso que es interesante, y cautiva desde el primer momento.
Yo también voto por este cuento. Me parece muy sútil, pero muy acertado. Despierta emociones.
yo tambien voto por este cuento, muy ameno, con la capacidad de afectar al lector maria jose marroquin
voto!! es sencillamente hermoso, no recurre a vocabulario reforzado, simplemente es el preciso... está bien escrito, es cálido, acogedor.. Voto!!
voto por este
me parecio sencillo y encantador
Soy Alejandra Mattos...
Y voto por este también,
es el mejor de todos.
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