lunes, 24 de mayo de 2010

ESPEJO

Hace ya varios días que decidí dejar de dormir. En medio de tanto trabajo, tanta desesperación, intensidad, aprisionamiento, delirio abrumador, mi único anhelo era dormir. Pero dormir sin soñar, sin que mi mente tuviera que seguir maquinando ideas ficticias sobre edificios de vidrio en la ciudad. Me agota la idea de seguir diseñando vidrio… transparencias que dejan a la vista todas nuestras imperfecciones. Dormir era mi salvación frente a la desesperante labor de diseñar fachadas de elementos que ya no nos permiten ser invisibles. Podría decir que cerrar los ojos se convertía mi Ítaca cotidiana. Roncar junto al felino que ronronea mientras le rasco la barriga, babear hasta mojar completamente la almohada, ver imágenes de vidas pasadas que pasan por mi mente como fotografías oxidadas que carecen de ruido y olor. Hoy en día la ciudad es imágenes, velocidad, tensiones, relaciones deshumanizadas y denigrantes. La urbe estaba inundada de tanta información visual que ya ni siquiera podía soñar olores, texturas, sabores… solo imágenes de personajes que creo conocer pero que en realidad no existen. Soy un hombre sujeto a esta sociedad, a esta cultura de fachadas de vidrio. Por eso quería dormir, solo sumirme en un descanso ininterrumpido para escapar de ellas.

Estaban junto a mí en el taller, igual que todos los días. El sol resplandecía en los gigantescos ventanales y su intenso brillo me hacía ver lunares dorados, manchas irreales que no me permitían visualizar las infinitas líneas en los planos que debía corregir, reubicar, reemplazar, diversificar, bifurcar.

Esa desgraciada tarde las manchas no desaparecían y se cruzaban con un sinnúmero de rayas que habían perforado mi retina. Manchas y rayones por doquier, en las paredes, en el cielo, en las hojas de los arboles, los caminos, las calles, la comida, en mi mismo rostro que podía ver en un espejo que ahora bien parecía una ventana con estructura de acero y reflejos solares. Gardel ya no era el mismo, pues las líneas fraccionaban sus parches color naranja y sus ojos de pupilas verticales. Ya no podía entenderlo, percibir sus cambios de humor y sus avisos de ataque. Me aruñó descaradamente, pues entendía que debía buscar la verdadera persona que se escondía bajo el manto de ficciones desgarradoras y penetrantes.

Sabía que al dormir mi delirio desaparecería. Tenía la certeza de que los recorridos, ejes y lagunas se esfumarían y quedarían enterradas en un agujero eterno de la memoria. Esa terrible tarde quedaría como una experiencia recóndita, un hecho inédito, un misterio que me perforaría la cabeza por el resto de la vida. Gardel no quiso dormir junto a mí. Después de darle su comida, se enrollo en el sofá amarillo del salón de mi amplia y solitaria residencia. Cerré los ojos y dormí felizmente, sin ninguna imagen perdida en el tiempo, ningún garabato miserable, ningún manchón asqueroso que nubla las imágenes de la ciudad. Sólo había oscuridad, sólo color negro y silencio. Ni siquiera Gardel podría perturbar mi sueño de sombras con su ronroneo.

Al despertar me sentí extrañamente incómodo. Abrí los ojos y descubrí que las líneas se habían largado para siempre… o eso pensaba. Gardel maullaba sin cesar, me miraba y producía alaridos como un condenado animal en pena. Me levanté y el pobre gato salió despavorido a esconderse debajo del bibliotecario. Lo llamé pero no volvió. Tome mi rutina matutina: tomar un vaso de agua para los problemas de colon, buscar las píldoras para las migrañas, recoger la arena sucia de Gardel, botar la basura por el ducto, recoger la ropa para lavar, besar su foto deteriorada y finalmente ir a la ducha. Entré al baño y comprendí el temor de Gardel. Un cosquilleo desesperante entró por mis ojos, no podía soportar mi imagen en el espejo. Ver mi rostro era contemplar la más grande tragedia, la peor forma de tatuar un rostro para siempre. Comprendí que las líneas y parches nunca desaparecerían…

MARGARIO VERGEL

1 comentarios:

Manuel Urbina dijo...

el final del cuento es muy bien logrado..voto por ese

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